Sebastián Sichel, presidente ejecutivo de Plural, opina en Revista Qué Pasa:
“Lagos hoy no parece dispuesto a crear un nuevo espacio político, sino que aparece como salvador de la decadencia política de la Nueva Mayoría. queriendo darle continuidad a una coalición con jubilación anticipada.”

Una de las figuras emergentes en Francia es el ex ministro de Economía Emmanuel Macron, quien hace pocos días renunció a su cargo y fundó el movimiento En Marcha, cuyo objetivo es llegar al Palacio de los Elíseos, con una frase que dan ganas de enmarcar: “Soy de izquierda, pero quiero fundar una oferta política progresista”. La esencia de lo que declara es lo que mostró en su gestión: la lucha contra las reminiscencias de una izquierda de tintes marxistas que volvía a cometer los pecados que la llevaron a ser derrotada por la derecha en casi todo el mundo: la desconfianza absoluta hacia el sector privado y a las decisiones libres de las personas.

Trayendo este dilema a Chile, es exactamente el problema entre quienes nos sentimos parte de un mundo reformista, pero no comulgamos con lo que ha hecho la Nueva Mayoría: un deslavado proyecto estatista con olor a naftalina. El facilismo con que esa vieja izquierda termine denunciando a cualquiera que se le oponga como “derechista” ha terminado ocultando el verdadero debate: la disputa política en Chile se da entre reformistas y conservadores de todos lados.

El conservadurismo se ha transformado en un patrimonio de la izquierda: muestra de ello es la imposibilidad de innovar en soluciones para los ciudadanos que no pasen por reforzar lo estatal (educación, salud, pensiones y carreteras), la desconfianza absoluta en la libertad con que tomamos nuestras decisiones (lo que comemos, fumamos, el colegio que queremos para nuestros hijos o cuánto y qué compramos) y la animadversión a todo lo que huela a privado. Desprecio a todo lo que huela a emprendimiento, meritocracia o éxito.

¿Qué tiene que ver Lagos con todo esto? Mucho. Lagos en los 90 representó exactamente la rotura de dichos moldes. Demostró que el espacio de lo público correspondía a todos y nos hizo sentir que el éxito y la colaboración público-privada eran la clave del desarrollo. Que se debía crecer para tener equidad. Fue un laico en una patria de religiosos. Y un renovador en tiempos de miedos y rutinas. Hizo posible el derrumbe de los temores atávicos al entendimiento político entre izquierda y derecha. Hoy parece estar dispuesto para competir por ser el presidente que cierra un ciclo: el de la pérdida de la confianza en los políticos y la desesperanza sobre el futuro del país. Pero lo hace de una forma extraña: sin querer innovar. Lo hace intentando liderar una coalición que fracasó por miedo al progreso y exceso de conservadurismo. Y, a diferencia de su liderazgo noventero, hoy no parece dispuesto a crear un nuevo espacio político, sino aparece como salvador de la decadencia política de la Nueva Mayoría. Hoy parece queriendo darle continuidad a una coalición con jubilación anticipada.

El problema es que hoy Lagos no es Macron y corre el riesgo de parecerse demasiado a esa chapita congelada en el refrigerador. La próxima elección puede ser entre el pasado y el futuro. Está por verse si alguien es capaz de poner los temas de futuro. Pero está claro que la verdadera fricción se dará —parafraseando a Bertolt Brecht— entre lo viejo que se niega a morir y lo nuevo que no sabemos si terminará de nacer.

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