Nuestro Presidente Ejecutivo Sebastián Sichel, escribe en su blog Voces de la Tercera:

Parto de la base que soy de aquellos que no creen en los argumentos moralizantes para ejercer el derecho a voto. No siento que quienes votan sean mejores ciudadanos o ejemplos de virtud cívica y quienes no lo hacen unos irresponsables.

Ambos comparten un ethos: ejercen su libertad y ciudadanía como mejor le plazca. Así como quienes van a votar muchas veces no lo hacen por razones “buenas” (un amigo va de candidato o un concejal les regaló una camiseta) también quienes no votan pueden hacerlo por razones “buenas” (no ir a votar por rechazo al sistema o castigo a la clase política).

Eso me lleva a entender que el sistema electoral y la obligatoriedad/voluntariedad del voto es sólo un instrumento de la democracia y no un fin. Y se me dan a elegir entre ellos, tiendo a privilegiar la voluntariedad que pone el acento en la libertad de los ciudadanos y en una posición de poder frente al Estado. Por eso sigo creyendo en el voto voluntario.
Pero también lo hago por razones estratégicas: la pregunta a resolver es dónde se pone el acento en situaciones de crisis de confianza como esta. Y parece razonable poner en el pizarrón a la política más que a los ciudadanos. Nuestra democracia hace agua principalmente por la calidad de la política y sus partidos. Las fluctuaciones de la participación electoral cambian de elección a elección según la evaluación de los candidatos. Esto es normal en sistemas electorales con voto voluntario: en Suecia o Colombia han existido elecciones con sobre el 60% de participación. En Chile y Costa Rica con menos del 35%. ¿Qué falla en el caso de Chile?

Evidentemente la falta de incentivos correctos para ir a votar. Y esos incentivos son de doble naturaleza: políticos y sistémicos.

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