Al igual que el laborismo británico, el PS pretende avanzar mirando hacia atrás. Guillier representa la vieja ideología izquierdista cuyos resultados ya conocemos.

A comienzos de abril falleció Giovanni Sartori, que en sus estudios sobre los sistemas de partidos habló de un espectro entre ideología y pragmatismo. Podríamos llamarlo el “sartorímetro”. Efectivamente, el PS lleva años debatiendo su lugar en dicho espectro. En la década de los 80, después de mucha reflexión e incluso división, entendió que el fin de la Unidad Popular se debió no solamente al golpe militar, sino que a una derrota política propia. Simplemente, se había ubicado en el lugar equivocado en el sartorímetro, favoreciendo demasiado la ideología, olvidando que el pragmatismo también es necesario no solamente para ganar elecciones, sino también para gobernar.

Curiosamente, dentro del partido de Allende parece que la moderación aprendida por la duras batallas de ayer, es vista hoy como algo superado, mientras que se considera que el porvenir pasa por cuestionar todo lo logrado. Para el PS, paradojalmente, el futuro es el pasado (Lagos), y el pasado el futuro (Guillier). Nada muy auspicioso puede derivar de esta confusión.

La decisión de los socialistas de optar por Guillier logra algo inesperado. Reúne el pragmatismo –muchos votaron con las encuestas en la mano– con la ideología. Si bien Guillier no cuenta con una larga trayectoria partidaria (más bien ninguna), sus declaraciones a la fecha, que uno podría calificar de optimismo-autoflagelante, han sido suficientemente imprecisas como para lograr atraer a aquéllos que buscan un retorno al izquierdismo del pasado.

Por otro lado, a Lagos –el que apuntó con el dedo a Pinochet, el primer socialista en llegar a La Moneda desde Allende y que, por lo mismo, a comienzos del milenio casi infarta a la clase empresarial– lo consideraron muy poco ideológico. El que mejor entiende las necesidades del futuro fue visto como hombre del pasado. El que vende el futuro con imágenes añejas de Pedro Aguirre Cerda y Allende, en cambio, fue electo como el abanderado para lo que viene.

La ironía de la situación actual del PS podría dar la impresión de que el socialismo chileno enfrenta un escenario único. No es así. No hay que ir más lejos que al partido al que Lagos, como presidente, tanto se comparó: el laborista británico.

Durante su mandato, a Lagos le gustaba aparecer como parte del club liderado por Clinton y Blair. La Tercera Vía no fue ni más ni menos que un intento por encontrar el lugar adecuado en el sartorímetro, inyectando, tanto en el caso del Partido Demócrata estadounidense como en el laborista, mayor pragmatismo a partidos cuyas ideologías ya no hacían mucho sentido en un mundo post-Guerra Fría. El experimento llevó a sucesivos triunfos electorales, además de años de crecimiento económico.

Dos décadas más tarde, sin embargo, tanto los demócratas norteamericanos como los laboristas en el Reino Unido vuelven a debatir lo mismo. En el caso de los ingleses, han optado por un representante de la vieja ideología. Militantes laboristas decidieron, al igual que sus compañeros chilenos, que el futuro se vestía de pasado.

Los resultados están a la vista.

Hoy, el laborismo atraviesa su crisis más profunda en décadas. Corbyn ha llevado a su partido a un desplome en las encuestas. Ni si quiera cuenta con el apoyo de la mayoría de sus parlamentarios. En junio, casi tres cuartos de los laboristas en el Parlamento votaron en su contra. Sus posturas –desde la oposición a la OTAN hasta su apoyo a Hezbolá y Hamas– son anticuadas y peligrosas. Tampoco es muy amigo de la Unión Europea, y su participación en la campaña en contra del Brexit fue casi nula. Hace pocos días, más de 150 parlamentarios laboristas firmaron una carta criticando al partido por no haber expulsado al ex alcalde de Londres, Ken Livingstone, por sus dichos antisemitas.

En las encuestas, Corbyn apenas logra un 20%. A pesar de eso, mantiene el apoyo de los sindicatos y otros grupos históricos de la izquierda británica. Tony Blair ha observado que parece que el partido ha optado por mantener feliz a un sector de las bases, sacrificando el objetivo de ganar elecciones.

Lagos, viejo amigo de Sartori, entiende que apegarse a una ideología sin vocación de poder es muy fácil. Sabe, como dijo Arendt, que hemos vivido un siglo de ideologías que no han sido más que intentos desesperados de eludir la responsabilidad. El PS, tal como el Laborista, llegó y se mantuvo en el poder una vez que asumió esa responsabilidad, y encontró el lugar adecuado en el sartorímetro. Ambos partidos dejaron de gobernar cuando el electorado se cansó de ellos y de los errores propios de décadas en el poder. No obstante, en los dos casos concluyeron que la ruta de vuelta al poder pasaba por moverse de lugar en el sartorímetro. Desesperados por tener un futuro, se les ha olvidado el pasado. En vez de encarar los desafíos de los próximos años, apuestan por un discurso viejo. Conocemos las consecuencias de aquello.

Columna publicada originalmente en Revista Capital

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